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Tocando a pelo

Cada vez que me acuerdo... Tocábamos (cuando tocábamos) a pelo. ¿Que qué significa tocar a pelo?. Ya se nota que sois unos jovenzuelos y estáis rodeados de cachivaches electrónicos por todas partes. Tocar a pelo significa que no hay, por supuesto, mesa de mezclas, ni monitores para escucharse uno como suena la cosa, ni ordenadores, efectos especiales y demás tinglado que acompaña hoy cualquier actuación. Así que si estás pegado al ampli del bajo lo que más oyes es el bajo y haces tu trabajo musical más o menos a ciegas o, como digo, a pelo. Luego escuchas los demás instrumentos muy por debajo, salvo la batería, que los porrazos (quiero decir, los baquetazos) se oían bastante bien por todo el escenario y sabías más o menos por donde iba, el asunto pero no sabías nunca como estaba sonando en realidad. A no ser que tuvieras un cable muy largo y te sentaras entre el público.

Pues así eran las actuaciones y los conciertos, tocando a pelo, haciéndolo lo mejor que sabías y te salía en ese momento, procurando no cagarla con los cambios, y no sabiéndo nunca cual era el resultado final. Si, claro que grabábamos cuando había algún medio disponible (o sea, que alguien se había llevado su grabador mangurrino de casete) pero teniendo en cuenta la calidad sonora de aquellos trastos casi era mejor no escuchar el resultado. Los sonidos graves brillaban por su más clamorosa ausencia, aunque el bajo estuviera a toda tralla, los agudos se convertían en un chirrido insoportable, si es que había captado alguno, y los medios (los sonidos) se embarullaban de tal manera que no había forma de distinguir nada con claridad. ¡Para haberlo sabido y no haberlo grabado!.

La verdad es que en eso no nos diferencíabamos nada de otros grupos que conocíamos, y es que las condiciones técnicas, más allá de que aquel tuviera un ampli de mayor potencia, eran bastante similares en la época si no eras profesional (tampoco es que los profesionales tuvieran un equipo cojonudo, comparado con lo que hay hoy, pero por lo menos tenían monitores para escucharse). ¡Claro que era un problema de pasta!, no te digo, que si hubiéramos estado forrados ya habríamos tenido mejor equipo, pero no era el caso, mira tu por donde. Y a pesar de todo, nos pirrábamos por tocar, como fuera y en las condiciones que fuera, con tal de tocar, que es lo que más nos gustaba.

Una cosa si era cierta, tocando a pelo, o sabías tocar o te la jugabas, nada de efectos pregrabados, samplers y otras lindezas para disimular que en realidad eres un tocho (y tienes más jeta que espalda) y no te sabes más de cuatro acordes (aunque a algunos eso les ha dado resultado, que hay orejos para todos los gustos). Ni reverb en la voz, ni eco, ni gaitas, a cantar a pelo y si no te sale el falsete te jodes. ¡Ah!, y un micro para los cuatro, así que si hay que hacer coros a arrejuntarse tocan, y si no mejor olvídate de hacer voces. No se si fue por eso, pero durante un periodo nos volvímos cada vez más instrumentales. Por lo menos nos ahorrábamos los amplificadores de voz, la etapa de potencia, los micros, bafles y todo el asunto que venía a salir por un pastón. ¿Los temas que hemos colgado?, si, claro que hay voz, la mayoría son de nuestra última época y empezábamos a tener un equipo medio decente.

Vocabulario básico

Ha llegado el momento de explicar nuestro vocabulario básico; el que habíamos creado MOH y las palabras que usábamos con frecuencia. Unas las habíamos inventado nosotros, por puro bacile, y otras eran prestadas de la calle con cierto tufillo barriobajero. Que es de lo más importante que una hermandad como la nuestra (ya he explicado antes que MOH no solo era un grupo de rock, sino una hermandad formada por cuatro tíos del mismo barrio con destino en lo musical - usa el burcador, no te apalanques) disponga de un lenguaje propio un tanto esotérico o por lo menos incomprensible para los que no estaban en el ajo.

Empezemos. Para empezar (¿que me repito?, ¿como que me repito?) el propio nombre del grupo MOH (cuyo significado metafísico ha sido aclarado en otro sitio del blog - usa el buscador, no seas vag@) y el de la Ptench Company (lo mesmo). Luego cada uno aportaba su granito de arena. El grito de guerra de Salva fue durante mucho tiempo: "¡aminiñatipañoni!", con gran regocijo de los otros tres que contestábamos a coro: ¡oñi!, ¡oñi!. Rulo solía soltar su "¡No mieeeenntas!, viniera o no a cuento, lo que producía no menos regocijo y bastante algarabía, y tambien solía decir "onútiles" (de ONU) por inútiles. ¡Butenbusennavemboys! era otra expresión, ésta de gran regocijo. Por supuesto también teníamos nuestros apodos, Rulo era, como ya es sabido, el Mago Jarragus y a mi durante una temporada me lamaban Kalikatres Sapientísimo. Un hito aparte mereció el "¡Escarrrramia!, de Juanjo (miembro honorario de MOH), de lo que también hemos hablado.

Más expresiones que usábamos, aunque no fueran creaciones nuestras: "¿Te coscas?", del verbo "coscarse": saber algo, estar al loro de alguna cosa, "¿pasa contigo moñigo?", solo en ambientes muy intímos y que denoten gran familiaridad (su significado es: ¿que tal estás tío?). "¡como mola tu pistola!", para decir que algo era guay o cojonudo, "chachi dabuti", para decir que algo era muy guay o más que cojonudo, "¡que alucine, ti@!", para expresar que algo era sorprendente, "¡que demasiao!", que era el no va más, "¡que pasada!", algo asombroso, "¡que rollo más chungo!", cuando algo no nos molaba nada, "'date el bote!", decirle a alguién que se fuera, "¡vete a mamarla!", equivalía a mandar a alguien a la mierda, y en este plan (y mucho "mola" y mucho "rollo").

"Abrirse: marcharse, "acoquinar": pagar, "barrila": tostonazo, "chapar": cerrar, "fardar": presumir, "buga": coche (fardar de buga: presumir de coche), "chafar": estropear, "gusa feroz", mucha hambre, "truja": cigarro (de ahí lo de ¿tienes un truja ti@?), "mandanga": hierba que se fuma (si, esa misma), "mogollón": mucho en demasía, lio tremendo (que ésta es polisémica, con perdón), "jalar": correr (aunque a veces también tenía el significado de comer -que también se decía "zampar"- o más bien de engullir, de ahí que a la comida se la llamara "jala"), "mamarse": emborracharse, "aplastarse": acomodarse a conciencia, "rajar": hablar por los codos, "pirarse": marcharse" (¡me piro, ti@!), keli": casa, "sobre": cama, "sobar": dormir, así que "estaba sobando en el sobre en mi keli", quería decir que habías estado durmiendo en la cama en tu casa. Quedan más, pero no estoy seguro de acordarme de todas y tampoco es cuestión ahora de escribir el léxico completo. Lo de "tronco", "colega" y "piba" vino un poco más tarde y ya nos cogió creciditos.

Bueno, si , ya se que no son todas muy originales y que así es como hablaba la baska por la calle, por lo menos en los barrios no pijos de Madrid, que es donde vivíamos nosotros, en un barrio de Madrid, pues eso, que no éramos una excepción, aunque aportamos, eso si, nuestro granito de arena. Y además que, al principio, tampoco éramos tantos los que hablábamos de esa guisa (y también les puede ser de ayuda a los que nos leen al otro lado del charco, ¡saludos!). Luego la cosa se fue extendiendo y ya se sabe...

Tocar (con lo puesto)

Estos días que me estoy currando la cinta que me ha pasado Rulo en el ordenata no puedo menos que sonreírme (por no decir otra cosa) al acordarme de los fabulosos medios técnicos que teníamos a nuestra disposición. Se puede decir que tocábamos, sin ánimo de exagerar, con lo puesto. O sea, nada de virguerías tecnológicas. En parte, porque no había muchas y por otro lado debido al lamentable estado de nuestras finanzas (si es que se las puede llamar así).

¿Mesa de mezclas?, ¿mande?, no mesa de mezclas no teníamos, ni puñetera falta que nos hacía, pero en cambio teníamos un taburete dabuti, que parecía de barra de bar oyes, que venía a juego con mi teclado. ¡Toque ud. el maravilloso Panther de las narices y siéntese en este taburete tan majo como si fuera a tormarse un cubata!. ¿Monitores?, ¿eso que es eso?, los únicos monitores que conocíamos son los que nos habían dado, con desigual éxito (nulo en mi caso), clase de gimnasia en el colegio.

Pero ya no estábamos en el cole, que éramos unos tíos mayores que teníamos un grupo de rock y a trancas y barrancas habíamos conseguidos dos amplis, dos si, ¡menudo lujo!, uno para el bajo de Rulo y el otro para... todo lo demás. Que solo tenían cuarenta watios de potencia de esa pero a nosotros nos parecía una maravilla, después de que nuestro primer micro había sido, como ya he explicado, un auricular que mangamos de una cabina de teléfonos.

Más tarde, el padre de Salva (¡vaya!, ya hacía un tiempo que no salía el hombre, ¿eh?) nos pasó, no me acuerdo si por la cara o por un módico precio acorde a nuestras paupérrimas economías, una vieja etapa de potencia (nunca he sabido porqué diablos se le lllamaba así) con un güevo de controles y hasta se iluminaba cuando la encendías, que nos parecía el último berrido tecnológico.

Por si alguien no se lo cree puedo apoyar lo que digo en documentación gráfica, para que te enteres, como la foto que os pongo a continuación donde se puede apreciar con claridad el equipazo que teníamos allá por los comienzos de los 70, pero nosostros, ¡tan contentos!.



La foto de marras (si la quieres ver mejor, pincha que se amplía) es de la dichosa actuación con Darío (¿que no sabes de que va?, pues no lo voy a contar otra vez, así que o usas el buscador o te vas a quedar con las ganas, y basta de interrupciones, que se me va la olla), así que en esta no sale Quique, ni Salva tampoco, que solo se ve parte de su batería (pero el estaba detrás, ¡os lo juro!) y es que Salva tenía, como se ha podido comprobar hasta ahora, una especial habilidad para no salir en las fotos, que había que tomárselas a traición, y aún así miraba para otro lado el tío.

Ptench Company

Los cuatro amigos rockeros integrantes de MOH no estábamos solos y desvalidos en este mundo. Nos apoyaba en nuestra singular singladura musical el complejo y vasto entramado de la Ptench Company: otro invento de Rulo, una compañía virtual dedicada exclusivamente a darnos todo su apoyo logístico y que solamente existía en nuestra imaginación (bueno, primero en la suya).

El nombre, "Ptench" procedía de algo así como un gigantesco muelle, cósmico y étereo a la vez, pero sumamente eficaz en su cometido, ¡ptench! que nunca supimos muy bien en que consitía exactamente. Con todo, era sumamente tranquilizador, ¡ptench!, saber que nuestras carreras, presentes y futuras estaban en tan buenas manos, que viniendo de la fértil imaginación de Rulo no podían se mejores, ¡ptench!.

Rulo, máximo Director Ejecutivo de Ptench Company

Si algun@s estáis considerando pensar que todo esto no era más que un bacile, ¡estáis muy equivocados!. Que nos lo tomábamos muy en serio, aunque fuera un bacile, y además era el sello distintivo de nuestra marca. La Ptench Company poseía sus propios estudios de grabación, virtuales por supuesto, por cuyo disfrute no teníamos que pagar ni un duro, sus propios medios de distribución, también virtuales, claro está, y que tampoco nos costaban un céntimo.Y más cosas, auditorio propio, residencias de verano, saunas con hidromasaje incluido, baños turcos, un bar cojonudo y en este plan, que puestos a echar a volar la imaginación..

Así que no se podía pedir más: una compañía inexistente nos prestaba sus servicios en exclusiva a cambio de unos inexistentes emolumentos. ¡Y todos tan felices!, y además ¡en exclusiva!. Lo que si era real era el logotipo, diseñado por el propio Rulo: un muelle saltando, ¡ptench!, del que estábamos sinceramente orgullosos. Figuraba en todos lo carteles que hacíamos, a mano (es lo malo de las compañías inexistentes), para anunciar nuestras actuaciones. A ver si podemos encontrar alguno.

La idea ha sido luego copiada por algunos listillos (incluidos algunos procedentes de la mejores familias, y también de las peores), solo que modificando una de los principales características con que Ptench Company funcionaba: por unos servicios inexistentes te cobraban una pasta. Así que el invento se les terminó yendo al garete y muchos acabaron en la trena (que no es un mal lugar para conocer gente de su calaña). Los otros andan por ahí en busca y captura.

TCRRRRRRRRRRRRRRRRRRRR!

Otro de los momentos álgidos de felicidad en la carrera de todo rockero que se precie es el que voy a describir a continuación:

Estás tocando con tus colegas, y como es normal, te dejas llevar por el frenético ritmo que escupen vuestros instrumentos y te convulsionas como un poseso, cuando de pronto ¡zas!, TCRRRRRRRRRRRRR. ¡La madre que...!, la mierda del cable que se ha soltado.

Esto nos solía pasar tres o cuatro veces al día cuando estábamos ensayando, hasta que aprendimos que si lo pillábamos (el cable) con la correa que sujetaba la guitarra había menos posibilidades de que con un tirón se fuera a paseo.

Claro que también se podía soltar del ampli aunque el resultado no era el mismo, en ese caso no había TCRRRRRRRRRRRRRR, sencillamente tu instrumento dejaba de sonar, pero eso no era lo peor. Lo peor es que los puñeteros cables tenían la maldita costumbre de desoldarse por la clavija, que estrictamente se lllamaba jack, si, si la clavija se llamaba jack, no esta, todas, es que no se les decía clavija sino jack.

A lo que iba, ni siquiera hacia falta el tirón. Llegabas tan contento y prometiendote a ti mismo que aquella iba a ser una sesión memorable. Sacabas la guitarra del estuche con mucho mimo, y el único cable que tenias para conectarla al ampli -no olvidar el estado de nuestra economía referido más atrás- con más mimo si cabe, cuidadosamente conectabas el cable a la guitarra y al ampli, encendías este último, subías poco a poco el volumen y TCRRRRRRRRRRRRRRR, ¡El puñetero jack se había desoldado!, si, si, él solito, y simplemente para fastidiar.

Así que junto con los alicates imprescindibles para reparar las cuerdas rotas, otro cachivache que no faltaba nunca en nuestro local de ensayo era un soldador. Y, ¡ale!, ahí que te las veías tu, que te las habías prometido tan felices, dándole al soldador de las narices y teniendo todo el cuidado del mundo en hacer una soldadura, como si fuera este tu único cometido en la vida, lo más pulcra y resistente posible, lo cual no siempre resultaba compatible, que si no quedaba bien y hacía contacto TCRRRRRRRRRRRRRR.

¡Vaya marrón!

Aunque lo pasáramos cojonudamente tocando, tampoco es que fuera todo un caminito de rosas. Vivíamos donde vivíamos, de eso no cabe la menor duda. Y en este caso, lo de todo tiempo pasado fue mejor (¡habráse visto frase más reaccionaria!), pues que no del todo. Éramos jóvenes, si, teníamos muchas ilusiones, si, pero también teníamos... mejor dicho, no teníamos un duro.

Bueno alguno teníamos, que tampoco éramos pobres de la caridad, pero todo costaba un güevo. Las cuerdas por ejemplo (si, las de las guitarras, ¿cuales vana ser si te parece?). Tenían la puñetera costumbre de romperse cuando menos te lo esperabas, ¡clack!, ¡a tomar por c... !. Y aún salías bien librado si no te daban en un ojo. Sobre todo la prima y la tercera (que nunca he sabido porqué se la llamaba "prima", prima ¿de quién? y no "primera", pero si ibas a la tienda de música a comprala, que normalmente estaba en la otra punta de la ciudad, que no se te ocurriera decir "deme una primera", que te miraban como si fueras un marciano o cualquier otro bicho raro de esos).

¡Vaya marrón!. Como no había para comprarse los juegos completos de cuerdas, que tenían que ser guapos (Fender o Gibson) para que aquello no sonara a cuerno, las comprábamos de poco en poco. O sea, según se iban rompiendo. ¿Y mientras?. Pues un apaño. Normalmente cascaban por la parte de las clavijas, que si cascaban por otro lado no había nada que hacer. Así que las empalmábamos. Si, como lo estáis leyendo, ¡las empalmábamos!.

Con en tiempo habíamos adquirido una destreza considerable. Cogíase cada trozo roto de la cuerda en cuestión, y por el extremo que se había ido al carajo se hacía como un pequeño lazo trenzándola sobre si misma, con ayuda de unos alicates, eso sí (que facilitaba mucho la cosa). Luego con el otro trozo, antes de proceder igual, se pasaba por el lazo así conseguido, y cuando se tensaba en el cavijero para afinarla, el trenzado quedaba prieto y, normalmente resistía. ¡Ya podíamos seguir tocando!, en los ensayos, que para las actuaciones procurábamos llevar todo nuevecito, si se podía, aunque alguna vez alguna cuerda se fue a la mierda en mitad de una actuación, ¿A quién no le ha pasado?.

En eso Rulo tenía más suerte, la verdad, aunque bien mirado, las cuerdas del bajo duraban más, pero también eran más caras cuando había que cambiarlas, así que no se. Y Salva, preocupado que no se le jodieran los parches de los timbales, y de la caja ni te digo, que esos si que costaban un pastón. Lo que si que se cargaba a menudo eran las baquetas, que no ganaba el pobre para baquetas ni nosotros para cuerdas. ¡Mira!, una ventaja de ser teclista, que las teclas no acostumbran a caerse ni se rompen sin ton ni son. Y además ¡no había que afinar!, que ya venía afinado de fábrica, que afinen los demás. Bien pensado, esto de haberme pasado al teclado, aunque de vez en cuando tocaba la "rítmica", era todo ventajas.

¿Donde demonios ensayamos?

Encontrar un lugar de ensayo fue a menudo un quebradero de coco. Al principio, cuando apenas teníamos equipo lo hacíamos en las casas. Pero en cuanto apareció la batería de Salva aquello ya no podía ser. Nuestro primer local de ensayo era el sótano de un colegio del barrio al que habíamos ido de pequeños. Lo conseguimos gracias a la mediación, claro está, del padre de Salva. El sitio no estaba mal, pero las condiciones eran de risa. No teníamos micrófono, así que mangamos un auricular de una cabina de teléfono y cantábamos por él. Sonaba todo distorsionado, pero quedaba de los más underground.

Nuestro último local de ensayo

Por otra parte, mi madre se negaba a que mi flamante Panther pernoctara en semejante antro, por si me lo mangaban, claro, así que había que llevarlo y traerlo todos los días que ensayábamos. ¡Menuda movida!. No estaba lejos de mi casa, pero era un numerito ir con el órgano, sin desmontar para ganar tiempo, por la calle. Además, mi vieja les había dicho hasta la saciedad a mis colegas que no podía coger peso porque había tenido una hernia de chico (lo primero era verdad, lo segundo no tanto) por lo que tenían que acarrearlo ellos mientras yo, diligentemente, dirigía la operación.

Tiempo después, conseguimos que en nuestro último colegio, que tenía una discoteca para ex-alumnos y todo nos dejaran ensayar allí. La verdad es que, astutamente, dimos un golpe de mano y nos hicimos con el control de la asociación de antiguos alumnos ¡nosotros que acabábamos de salir! y así estuvimos un par de años. Aquello era magnifico. Teníamos equipo -finalmente el padre de Salva, ¿como no? nos había conseguido un micro antiguo pero como dios manda (oh, emoción indescriptible)- y un buen sitio para ensayar. Aquel local fue testigo de algunos de nuestros mejores momentos. Incluso dimos un concierto presentando nuestra "Sinfonía experimental nº 1" -ya nos había dado por la música conceptual y los temas largos- que fue un éxito. Incuso se hizo una grabación del mismo, en un casete, claro, que se ha perdido ¡Lastima!.

Finalmente acabamos hasta el gorro de nuestro antiguo colegio y su asociación de ex-alumnos y nos dimos el piro. Nuevo calvario. Pasamos mucho tiempo sin local, alquilando por horas cuando teníamos un concierto y cosas así. Tiempo después, bastante tiempo después, conseguimos un buen local en el barrio. Era una especie de garaje en un chalecito donde tiempo atrás habían ensayado nada menos que ¡Los Bravos!. Si, si, como lo estas leyendo, no es coña, así que el sitio tenía su pedigrí. Para aquel tiempo ya nos habíamos hecho mayores y hasta teníamos un buen equipo. Hacía en invierno un frío que pelaba, eso sí, a pesar de la estufa de butano. Pero al final, conseguíamos entrar en calor.

¡Tenemos un teclado!

Aunque yo tocaba la guitarra, mi preciosa y dura como un piedra Hoffner, lo cierto es que también quería tocar los teclados. No se muy bien de donde me vino aquello, pero el "In a gadda da vida" de Iron Butterfly, había ejercido un profundo efecto. Y luego estaban los Emerson, Lake & Palmer. Nada que yo quería ser teclista. Debí dar tanto la barrila en casa que mi madre, por fín, me compró un organo eléctrico. ¡Ya tenáimos teclado!. Era un Panther, ya se que lo que estaba de moda eran los Hammond o en su defecto los Farfisa, pero el presupuesto familiar no daba para tanto.

Yo y mi flamante Panther recién estrenado

En cualquier caso, a mí mi Panther me parecía una maravilla con sus diez o doce registros y su teclado dividido en dos partes, la izquierda de dos escalas para el acompañamiento con sus registros propios y el resto para la melodía. Y, claro, como había que enchufarlo en lagún lado, me compró también ¡santa mujer! un amplificador. ¡Mi primer amplificador!. De 40 watios de potencia, con dos entradas, por lo que podíamos enchufar la guitarra y el órgano al mismo tiempo. Además tenía hasta trémolo y reverberación. Esto cada vez se parecía más a un grupo serio.

Por supuesto, no tenía ni pajolera idea de como se tocaba aquel cacharro, pero me las ingenié para trasponer las notas de los acordes de la guitarra al teclado con lo que desarrollé, por llamarlo de alguna manera, un singular estilo. Lo de la melodía ya era algo más fácil. Mi primera composición, como teclista, al poco tiempo de tener mi flamante Panther, fue una pieza realmente simple, una introducción de cuatro acordes que pretendía sonar a clásico, y el resto solamente dos: Re m y Sol, con largos trozos para los solos de los demás instrumentos, que ya tenía yo bastante con hacer la melodía que se repetía después de cada solo, por lo que se llamó "Oda en Re m". En los conciertos, bueno recitales, que algunos ya dábamos, los incondicionales bramaban: ¡Oda!, Oda!, Oda!, a lo que Juajo, que era uno de ellos solía poner el colofón con el grito de: ¡Y quién no quiera Oda que se j...!

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